
Bajo el tejo, el tiempo no desaparece: se transforma.
La visita a la Iglesia de Santa Eulalia de Perueño no es únicamente un encuentro con un edificio en ruina, sino con una forma de comprender el mundo. Sus muros desgastados, los restos de pigmento aún visibles, las piedras caídas que antes fueron arcos y estructuras vivas, remiten a una realidad que va más allá de lo material. Porque en la Edad Media, el espacio no es neutro: es siempre una forma de pensar a Dios, al mundo y al más allá.

Un valle cerrado, una fe que se abre paso lentamente. Foto del autor
Desde esta experiencia concreta surge una cuestión fundamental: ¿qué entendemos realmente por “paganismo” en la sociedad medieval? El término procede del latín paganus, vinculado al pagus, al mundo rural. No designa en origen una religión organizada alternativa, sino más bien una forma de vida, un modo de habitar el territorio y de relacionarse con lo sagrado. Con el avance del cristianismo, pasó a identificar aquellas prácticas que no encajaban plenamente en la ortodoxia, pero esta identificación resulta, en muchos casos, simplificadora.
La cristianización, especialmente en territorios como Asturias, no fue un proceso brusco ni uniforme. La geografía, marcada por valles cerrados y comunidades relativamente aisladas, favoreció una transformación lenta, donde lo nuevo no sustituyó completamente a lo antiguo. Más bien se produjo una integración progresiva. Elementos simbólicos anteriores, como el tejo asociado a espacios sagrados, no desaparecieron, sino que fueron reinterpretados dentro del marco cristiano, conservando parte de su significado.

A veces, lo que queda en pie no son los muros, sino el sentido. Foto del autor
Este fenómeno se observa también en el registro arqueológico. En el entorno del Monasterio de San Juan Bautista de Corias, el hallazgo de un enterramiento infantil acompañado de restos de alimento, datado en el siglo XI, muestra la persistencia de prácticas vinculadas al tránsito al más allá. Más que una simple “supervivencia pagana”, este gesto revela algo más profundo: la necesidad humana de ritualizar la muerte, de acompañar el paso de este mundo a otro, de dar sentido a lo invisible.
En este sentido, lo que tradicionalmente se ha denominado “paganismo” puede entenderse mejor como una forma de religiosidad popular. No se trata de una oposición frontal al cristianismo, sino de una manera concreta de vivirlo, donde se entrelazan tradiciones heredadas y nuevas creencias. La fe no se implanta en abstracto, sino que se encarna en prácticas, símbolos y gestos que resultan comprensibles para las comunidades.
Estas formas de religiosidad no desaparecieron con el tiempo, sino que evolucionaron. Muchas de ellas perviven hoy en lo que denominamos fiestas populares o tradiciones folklóricas. El propio término folklore, derivado de folk (pueblo), remite a esa dimensión colectiva. Romerías, celebraciones vinculadas al calendario litúrgico o a los ciclos naturales, danzas y rituales festivos conservan, transformados, elementos que hunden sus raíces en esa larga interacción entre lo que solemos llamar “paganismo prerromano” y cristianismo.
Desde una perspectiva teológica contemporánea, esta realidad puede ser leída a la luz de la reflexión del Papa Francisco, quien ha insistido en la importancia de la religiosidad popular como lugar de encuentro entre la fe y la vida. No se trata de formas inferiores o desviadas, sino de expresiones concretas en las que el pueblo ha sabido traducir el mensaje cristiano a su propio lenguaje, integrándolo en su experiencia cotidiana.
Así, estas iglesias rurales, hoy en muchos casos arruinadas o transformadas, no son únicamente restos del pasado. Son testigos de un proceso en el que la fe se fue construyendo en diálogo constante con el territorio, con la memoria y con las necesidades humanas más profundas. En ellas se percibe una concepción del mundo en la que lo visible y lo invisible no están separados, sino profundamente entrelazados.
Quizá ahí resida la clave para comprenderlo hoy. No en la oposición entre paganismo y cristianismo, sino en la continuidad de una búsqueda. Porque, en el fondo, esas prácticas, esos símbolos y esas tradiciones no son otra cosa que intentos (siempre imperfectos, pero profundamente humanos) de acercarse al misterio.
Y tal vez sea precisamente en esas formas sencillas, heredadas y transformadas a lo largo del tiempo, donde se encuentre una de las expresiones más auténticas de cómo el ser humano ha intentado (y sigue intentando) encontrarse con Dios.
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