IV. El monacato en la península ibérica (siglos IV-XIX)

De las primeras comunidades monásticas a la desamortización

¿Cómo evolucionó el monacato en la península ibérica desde las primeras comunidades de la Antigüedad tardía hasta la desaparición de buena parte del mundo monástico tradicional con las desamortizaciones del siglo XIX?

Figura 1. San Pedro de la Nave (Zamora). La Hispania visigoda fue el escenario de un monacato con tradiciones propias, anterior a la expansión generalizada de la Regla de san Benito. Fuente: Wikimedia Commons, fotografía de José Luis Filpo Cabana.

Cuando la Regla de san Benito comenzó a difundirse por Occidente, la Península Ibérica no era un territorio sin tradición monástica. Desde mucho antes, hombres y mujeres habían buscado formas de vida cristiana fundamentadas en la renuncia, la oración y, progresivamente, la vida comunitaria. El monacato hispano desarrollaría además durante la Antigüedad tardía y la época visigoda una personalidad propia, capaz de recibir influencias procedentes del Mediterráneo y, al mismo tiempo, generar sus propias formas de organización. La posterior expansión de la tradición benedictina no significó, por tanto, el nacimiento del monacato en Hispania, sino una nueva etapa dentro de una historia mucho más antigua.1

Esta historia tampoco puede entenderse únicamente desde la espiritualidad. El monasterio fue una institución religiosa, pero estuvo profundamente relacionado con las sociedades que lo rodeaban. Pablo C. Díaz ha insistido precisamente en la necesidad de estudiar el monacato hispano dentro de las estructuras sociales, económicas y políticas de cada época, evitando imaginarlo como una realidad separada del mundo.2 Durante más de quince siglos, los monasterios cambiaron al mismo tiempo que cambiaba la península: sobrevivieron a la desaparición del Imperio romano occidental, convivieron con el reino visigodo, atravesaron las transformaciones producidas después del 711, participaron en la organización de los reinos medievales, acumularon tierras y derechos, experimentaron reformas y crisis y continuaron formando parte del paisaje español hasta las grandes transformaciones del siglo XIX.

Los primeros monjes de Hispania

Reconstruir los orígenes del monacato hispano resulta difícil porque las fuentes son fragmentarias y las primeras manifestaciones de ascetismo cristiano no siempre pueden identificarse con monasterios en el sentido que posteriormente adquiriría el término. Antes de que existieran grandes cenobios encontramos vírgenes consagradas, ascetas y formas individuales de renuncia que muestran cómo determinados ideales ascéticos estaban ya presentes entre las comunidades cristianas peninsulares.

El desarrollo de estas formas de vida debe situarse dentro de las profundas transformaciones de la Antigüedad tardía. El monacato fue entonces un fenómeno nuevo y, en ocasiones, desconcertante incluso para la propia sociedad cristiana. Ramón Teja ha recordado cómo aquellos monachoi, originalmente «solitarios», terminaron creando nuevas comunidades: quienes habían abandonado la sociedad para buscar el desierto acabaron construyendo en él una sociedad diferente.3

Hispania tampoco permaneció aislada de las corrientes espirituales que recorrían el Mediterráneo. Las noticias sobre los ascetas orientales, las reglas monásticas y las experiencias de quienes habían viajado hacia los grandes centros espirituales de Oriente permitieron conocer progresivamente las formas de vida desarrolladas en Egipto, Palestina y Asia Menor. De esta manera, la historia peninsular enlaza directamente con la que hemos recorrido en los capítulos anteriores: el desierto oriental continuaba siendo un referente espiritual, aunque sus modelos debían adaptarse a realidades sociales muy diferentes.

El monacato hispanovisigodo

Los siglos VI y VII constituyen uno de los grandes momentos de la historia del monacato peninsular. Durante la época visigoda se multiplicaron las comunidades y aparecieron figuras capaces de elaborar modelos propios de vida monástica. Lejos de existir una única observancia, encontramos formas monásticas diversas, adaptadas a circunstancias igualmente diferentes.

Esta diversidad resulta fundamental para comprender lo que ocurrirá siglos después con la expansión de la Regla benedictina. Como señalaba Isidoro de Sevilla al comienzo de su propia regla, existían numerosas normas procedentes de los Padres anteriores que podían servir para ordenar la vida religiosa. Pablo C. Díaz utiliza precisamente este testimonio para destacar el carácter todavía formativo del monacato hispano de los siglos VI y VII y su capacidad para adaptar modelos diferentes a realidades sociales concretas.4

Una de las figuras fundamentales fue Isidoro de Sevilla. Su Regula monachorum pretendía proporcionar a los monjes unas normas comprensibles que ordenasen la convivencia comunitaria. La oración, la obediencia, el trabajo, la alimentación, la disciplina y la autoridad abacial formaban parte de una existencia en la que la búsqueda individual de Dios quedaba integrada dentro de una comunidad estable.

Pero probablemente la figura que mejor representa la singularidad del monacato hispano del siglo VII sea Fructuoso de Braga. Su actividad se desarrolló especialmente en el noroeste peninsular y estuvo vinculada a numerosas fundaciones. Su ideal poseía un marcado carácter ascético y conservaba una poderosa memoria de las tradiciones orientales. La propia Vita Fructuosi, escrita pocas décadas después de su muerte, presenta al santo intentando emprender una peregrinación hacia Oriente y contrapone su espiritualidad contemplativa a la actividad intelectual de Isidoro.5

Figura 2. Capilla de San Fructuoso de Montelios (Braga, Portugal). Construida en el siglo VII, constituye uno de los testimonios monumentales más destacados vinculados a la figura de Fructuoso de Braga y al contexto del monacato hispano de época visigoda.
Fuente: Câmara Municipal de Braga. Fuente: https://www.cm-braga.pt/es/1201/conhecer/historia-e-patrimonio/museus/item/item-1-673

El caso de Fructuoso demuestra que las fronteras entre un supuesto monacato «oriental» y otro «occidental» nunca fueron completamente rígidas. Siglos después de Antonio y Pacomio, la memoria espiritual del desierto seguía viva en el extremo occidental del Mediterráneo.

La diversidad alcanzaba también las formas de organización. Junto a la Regla fructuosiana encontramos la denominada Regula communis, cuya atribución directa a Fructuoso ha sido discutida. Antonio Linage Conde propuso entenderla dentro de un contexto colectivo, relacionado con comunidades y abades vinculados entre sí. Este tipo de fenómenos muestra que el monacato hispanovisigodo había desarrollado estructuras propias antes de que la Regla de san Benito adquiriese posteriormente una posición predominante.

Después del 711: ¿Desaparecieron los monasterios?

La conquista islámica iniciada en 711 transformó profundamente la organización política de la península, pero no significó simplemente la desaparición del monacato hispano. Las comunidades existentes atravesaron situaciones diferentes según los territorios, mientras que en los espacios cristianos septentrionales fueron surgiendo o reorganizándose monasterios cuya naturaleza resulta en ocasiones difícil de precisar.

Precisamente esta dificultad obliga a ser prudentes. Aplicar a los siglos VIII, IX y X la imagen del monasterio benedictino plenamente desarrollado en épocas posteriores puede conducir a interpretaciones anacrónicas. La documentación utiliza términos cuya significación no siempre coincide con la actual, y las formas materiales y organizativas de las comunidades podían presentar una enorme diversidad.

Artemio Manuel Martínez Tejera ha destacado este problema al estudiar los monasterios hispanos de los siglos IX y X. Las fuentes de este período son considerablemente menos explícitas que las reglas visigodas y la propia organización espacial de las comunidades resulta difícil de encerrar en tipologías rígidas. Figuras como san Genadio y san Rosendo permiten aproximarnos a unas comunidades que estaban configurando nuevos espacios monásticos en el contexto de la Alta Edad Media.6

Figura 3. Interior de la iglesia de San Miguel de Escalada (León). Vista de la nave central, con el iconostasio al fondo. El conjunto constituye uno de los testimonios más destacados de la arquitectura monástica de la Alta Edad Media peninsular y permite aproximarse a la configuración de los espacios religiosos de los siglos IX-X.
Fuente: José Antonio Gil Martínez, vía Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

El monasterio comenzaba además a convertirse en un elemento fundamental para la articulación del territorio. Las comunidades religiosas recibían propiedades, explotaban tierras y establecían relaciones con aristócratas, obispos y monarcas. El cenobio ya no puede entenderse únicamente como el lugar donde un grupo de hombres buscaba apartarse del mundo: estaba convirtiéndose también en un centro religioso, económico y territorial.

La llegada de la Regla de san Benito

Es precisamente dentro de esta realidad donde debe situarse la progresiva difusión de la Regla de san Benito.

No existió un momento concreto en el que todos los monasterios peninsulares abandonaran súbitamente sus antiguas costumbres para convertirse en benedictinos. Durante mucho tiempo convivieron tradiciones diferentes, y determinar qué regla seguía exactamente una comunidad puede resultar complicado. La benedictinización fue un proceso gradual y desigual.

Esta cuestión resulta especialmente interesante porque enlaza directamente con la expansión europea estudiada en el capítulo anterior. Mientras el mundo carolingio avanzaba hacia una creciente uniformización de la observancia benedictina, la península seguía conservando peculiaridades propias. Poco a poco, sin embargo, la Regla de Benito fue adquiriendo mayor presencia hasta convertirse en uno de los principales referentes de las comunidades monásticas cristianas.

Figura 4. Interior de la iglesia del monasterio de San Millán de Suso (San Millán de la Cogolla, La Rioja). El conjunto conserva las huellas de distintas etapas de la historia monástica altomedieval y constituye un buen ejemplo de las transformaciones experimentadas por las comunidades religiosas peninsulares durante el proceso de progresiva implantación de la observancia benedictina.
Fuente: José Luis Filpo Cabana, Wikimedia Commons, CC BY 3.0.

El cambio no fue solamente espiritual. Adoptar determinadas formas institucionales implicaba también nuevas maneras de organizar la comunidad, administrar sus propiedades y relacionarse con los poderes políticos y eclesiásticos. García de Cortázar ha mostrado precisamente la sucesión y coexistencia de diferentes formas de institucionalización monástica en la península entre los siglos VII y XII.7

El monasterio medieval: oración, poder y territorio

Figura 5. Claustro del monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos). El claustro constituía uno de los espacios fundamentales del monasterio medieval, articulando en torno a él las principales dependencias de la comunidad. El conjunto románico de Silos refleja la consolidación alcanzada por los grandes establecimientos benedictinos durante los siglos centrales de la Edad Media.
Fuente: fotografía del autor.

Entre los siglos XI y XIII, el monasterio alcanzó una importancia extraordinaria dentro de las sociedades cristianas peninsulares. Reyes, nobles y propietarios realizaron donaciones de tierras, iglesias, derechos y rentas buscando asegurar la memoria familiar, obtener beneficios espirituales o fortalecer instituciones con las que mantenían estrechos vínculos.

El resultado fue la formación de importantes dominios monásticos. Alrededor de un monasterio podían encontrarse aldeas, campos, bosques, molinos, iglesias y explotaciones agrícolas cuya administración proporcionaba los recursos necesarios para sostener a la comunidad. Los monasterios actuaban así sobre territorios que podían encontrarse a considerable distancia de la casa principal.

El ejemplo de San Prudencio de Monte Laturce permite observar algunos de estos procesos. Su documentación de los siglos X al XII permite estudiar la relación del cenobio con la reorganización territorial, la monarquía y las aristocracias locales.8 Lo verdaderamente importante no es únicamente este monasterio concreto, sino el fenómeno que representa: la progresiva integración del monasterio en las estructuras de poder y explotación del territorio.

Dentro de estas redes aparecieron también iglesias y comunidades subordinadas, granjas y prioratos dependientes. No todos los establecimientos monásticos eran grandes abadías con decenas de religiosos. Muchos eran pequeñas dependencias administradas desde una casa principal y encargadas de gestionar propiedades alejadas. Esta organización sería fundamental para comprender la extraordinaria implantación territorial alcanzada por las instituciones monásticas durante la Edad Media.

A partir del siglo XI, además, las comunidades peninsulares participaron cada vez más intensamente en las grandes corrientes reformadoras europeas. Cluny ejerció una influencia considerable sobre determinados monasterios y sobre la renovación litúrgica y religiosa, aunque sería incorrecto identificar automáticamente benedictinismo y cluniacensismo. Cluny constituía una forma particular de organización dentro de una tradición benedictina mucho más amplia.

Al mismo tiempo aparecieron nuevas experiencias monásticas. El Císter, los cartujos y otras formas de vida religiosa transformaron nuevamente el panorama. El monacato peninsular nunca constituyó una realidad completamente uniforme: distintas órdenes, congregaciones y observancias coexistieron dentro de una sociedad profundamente marcada por la presencia de los monasterios.

De la expansión medieval a la reforma

Durante los últimos siglos de la Edad Media, aquel mundo comenzó a experimentar importantes transformaciones. Los grandes patrimonios acumulados durante generaciones exigían complejos sistemas administrativos. Muchas propiedades eran explotadas indirectamente mediante arrendamientos, foros y otras formas de cesión, mientras determinados monasterios ejercían derechos sobre numerosas iglesias, granjas y pequeñas dependencias.

Los monasterios eran además señores, propietarios y centros de poder local. En la Castilla bajomedieval podían entrar en conflicto con concejos, nobles y representantes de la monarquía por cuestiones fiscales, jurisdiccionales y patrimoniales. El reciente estudio de Carlos Manuel Reglero de la Fuente sobre los monasterios cluniacenses castellanos entre 1380 y 1508 muestra precisamente la complejidad de estas relaciones: junto a las disputas por señoríos, rentas y jurisdicciones continuaron existiendo confirmaciones de privilegios, donaciones y vínculos entre las comunidades locales y los monasterios.9

Por ello debemos ser cuidadosos con una palabra utilizada tradicionalmente para describir este período: «decadencia». Buena parte de esa interpretación procedía de cronistas monásticos de los siglos XVI al XVIII, interesados en justificar las reformas emprendidas por sus propias congregaciones. La historiografía reciente ha matizado considerablemente aquella imagen y prefiere analizar conjuntamente crisis, transformaciones y movimientos reformadores, descendiendo además desde las normas generales hasta la realidad concreta de las comunidades.10 

Eso no significa negar los problemas. Existieron conflictos patrimoniales, presiones nobiliarias, dificultades disciplinarias y comunidades reducidas. Algunos antiguos prioratos perdieron incluso su carácter conventual. En la red cluniacense castellana del siglo XV, Reglero documenta procesos mediante los cuales prioratos dependientes u obediencias acabaron transformados en granjas, mientras la propia red de Cluny atravesaba una lenta disgregación.11 

La transformación afectó también a la relación con las instituciones eclesiásticas. La intervención pontificia en la provisión de beneficios y el creciente peso de la autoridad episcopal modificaron el marco en el que tradicionalmente habían actuado los monasterios cluniacenses. Al mismo tiempo, las iglesias dependientes podían convertirse en espacios de colaboración y conflicto entre monjes, clérigos y obispos. 

Pero el cambio fundamental llegaría con los movimientos de reforma observante. Entre finales del siglo XIV y comienzos del XVI fue configurándose un nuevo modelo de organización que acabaría modificando profundamente el benedictinismo castellano: la Congregación de San Benito de Valladolid.

La evolución de los antiguos establecimientos cluniacenses permite observar perfectamente esa transición. Reglero sitúa el comienzo de su estudio en tiempos de Juan I, fundador de San Benito de Valladolid, y lo concluye en 1507-1508, cuando los observantes vallisoletanos pasaron a controlar San Zoilo de Carrión y Santa María de Nájera, dos de las principales casas de tradición cluniacense en Castilla.12

 

Figura 6. Iglesia del antiguo monasterio de San Benito el Real (Valladolid). Fundado a finales del siglo XIV, San Benito de Valladolid se convirtió en uno de los principales centros de la reforma benedictina castellana y en el núcleo de la posterior Congregación de San Benito de Valladolid, fundamental en la reorganización del monacato benedictino durante la transición hacia la Edad Moderna.
Fuente: Luis Fernández García, Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.1 ES.

No se trataba simplemente de sustituir unos monjes por otros. Estaba cambiando la propia organización del monacato. La antigua vinculación con Cluny había ido debilitándose durante el siglo XV y, desde aproximadamente 1435, Reglero identifica una lenta desintegración de la Orden en Castilla, acompañada por el abandono, anexión o transformación de algunos prioratos.13 

La autonomía tradicional de muchas casas quedaría progresivamente integrada en estructuras congregacionales más amplias. Reformar significaba recuperar la observancia, pero también centralizar, supervisar y establecer mecanismos comunes de gobierno. El monasterio medieval entraba así en la Edad Moderna profundamente transformado, no desaparecido.

Los benedictinos en la Edad Moderna

Los siglos XVI, XVII y XVIII constituyen precisamente una etapa que con demasiada frecuencia queda eclipsada por la espectacularidad del monacato medieval. Sin embargo, los monasterios continuaron siendo instituciones vivas.

Administraban patrimonios, cobraban rentas, otorgaban arrendamientos y foros, mantenían iglesias y prioratos dependientes y continuaban interviniendo sobre territorios en los que llevaban asentados durante siglos. La reforma no había eliminado las antiguas funciones económicas y territoriales de los monasterios, sino que las había integrado dentro de nuevas estructuras institucionales.

Al mismo tiempo desarrollaron una importante actividad intelectual. Las bibliotecas constituyen un buen ejemplo. El estudio de Concepción Varela Orol sobre la Congregación de San Benito de Valladolid muestra cómo sus Constituciones regulaban las bibliotecas y la formación de los religiosos. Durante el siglo XVIII, Martín Sarmiento llegó incluso a proponer una biblioteca destinada específicamente a la formación de los novicios, inspirándose en la experiencia de la congregación francesa de Saint-Maur.14

Figura 7. Monasterio de San Julián de Samos (Lugo). Vista de uno de los grandes claustros del conjunto monástico. La monumentalidad alcanzada por Samos refleja la continuidad y capacidad de transformación de las grandes comunidades benedictinas durante la Edad Moderna.
Fuente: Abadía de Samos, «Galería de Fotos».15

Esta realidad obliga nuevamente a abandonar una visión demasiado lineal. El monacato de la Edad Moderna no fue simplemente el residuo decadente de una institución medieval. Continuaba poseyendo capacidad económica, presencia territorial y actividad cultural, aunque su relación con la sociedad estaba cambiando profundamente.

El final de un mundo

La ruptura llegaría durante las primeras décadas del siglo XIX.

La crisis del Antiguo Régimen, las guerras, las reformas liberales y los diferentes procesos de enajenación de propiedades alteraron profundamente unas estructuras patrimoniales que llevaban siglos funcionando. La desamortización tampoco debe entenderse como un acontecimiento aislado ocurrido de un día para otro. La privatización de diferentes tipos de bienes poseía antecedentes y atravesó distintas fases durante las primeras décadas del siglo XIX.16

Conviene además diferenciar dos fenómenos que con frecuencia aparecen confundidos: exclaustración y desamortización no significaban exactamente lo mismo. La primera afectaba directamente a las comunidades religiosas y a la permanencia de sus miembros en los conventos y monasterios; la segunda implicaba la nacionalización y posterior venta de determinados bienes.

Las medidas adoptadas durante la década de 1830, y especialmente el proceso asociado al gobierno de Juan Álvarez Mendizábal, marcaron una ruptura fundamental. Numerosas comunidades fueron suprimidas, sus propiedades pasaron al Estado y posteriormente fueron vendidas. Bibliotecas, archivos, obras de arte y objetos litúrgicos tuvieron destinos muy diversos, mientras los edificios monásticos podían ser abandonados, vendidos, reutilizados o transformados para nuevas funciones.

Figura 8. Ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza (Hortigüela, Burgos). Las ruinas del antiguo monasterio benedictino constituyen una imagen especialmente expresiva de las profundas transformaciones que experimentó el mundo monástico durante el siglo XIX. La exclaustración y la desamortización alteraron definitivamente la continuidad de muchas comunidades y el destino de sus edificios, propiedades y bienes.
Fuente: José Antonio Gil Martínez, Wikimedia Commons, CC BY 2.0.

La dispersión documental constituye una consecuencia particularmente importante para el historiador. Los archivos que durante siglos habían permanecido vinculados a las propias comunidades terminaron repartidos entre distintas instituciones. Incluso para monasterios medievales concretos, la documentación puede encontrarse actualmente en diferentes archivos y fondos, incluidos aquellos creados como consecuencia de la propia desamortización. Reglero señala, por ejemplo, cómo parte de la documentación de San Zoilo de Carrión se conserva actualmente en el fondo de Desamortización del Archivo Histórico Provincial de Palencia.17 

No todos los monasterios desaparecieron físicamente y tampoco terminó para siempre la vida benedictina en España. Algunas comunidades serían restauradas posteriormente. Pero sí desapareció buena parte del sistema monástico del Antiguo Régimen: aquella extensa red de casas, propiedades, derechos, rentas y dependencias que durante siglos había formado parte de la organización territorial de la Península.

Un paisaje construido durante siglos

Desde aquellos primeros ascetas de la Hispania tardorromana hasta las exclaustraciones del siglo XIX habían transcurrido más de mil quinientos años. Durante ese tiempo el monacato había cambiado innumerables veces. Las pequeñas comunidades de la Antigüedad tardía dieron paso al vigoroso monacato hispanovisigodo; las antiguas reglas convivieron después con nuevas formas de organización; la tradición benedictina fue extendiéndose progresivamente; los monasterios medievales construyeron extensos dominios y redes de dependencias; Cluny y otras experiencias reformadoras introdujeron nuevas formas de organización; y las reformas de finales de la Edad Media dieron lugar a congregaciones que continuaron transformándose durante toda la Edad Moderna.

La desamortización puso fin a buena parte de ese mundo, pero no consiguió borrar completamente sus huellas. Allí donde desaparecieron los monjes permanecieron muchas veces las iglesias, las ruinas de los edificios, los antiguos caminos, los molinos, los límites de las propiedades y los nombres de los lugares. Incluso cuando la documentación se dispersó y las construcciones desaparecieron, el territorio conservó parte de aquella historia.

Quizá por eso estudiar hoy un monasterio significa mucho más que reconstruir la historia de una comunidad religiosa. Significa comprender cómo una institución podía transformar durante siglos la sociedad, la economía y el paisaje que la rodeaban. Y precisamente en pocos lugares puede observarse mejor esa larga relación entre monasterio y territorio que en el norte de la península. Asturias será nuestra próxima parada.

    Bibliografía

    Díaz Martínez, Pablo C. «Monacato y sociedad en la Hispania visigoda».

    García de Cortázar, José Ángel. «Las formas de institucionalización monástica en la España medieval».

    García Turza, Francisco J. «El monasterio de San Prudencio de Monte Laturce (siglos X-XII)». Espacio, Tiempo y Forma. Serie III, Historia Medieval 2 (1989): 137–160.

    Linage Conde, Antonio. «San Benito y las fuentes literarias de la obra monástica de Fructuoso de Braga». En Actas del I Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, editado por Vicente Beltrán, 391–402. Barcelona: PPU, 1988.

    Linares Luján, Antonio Miguel. «Monarquía absoluta y desamortización municipal: los traspasos a censo perpetuo de Fernando VII». Hispania 80, n.º 264 (2020): 109–137.

    Martínez Tejera, Artemio Manuel. «La organización de los monasterios hispanos en la Alta Edad Media (ss. IX-X): los espacios de la “aldea espiritual”».

    Reglero de la Fuente, Carlos Manuel. El ocaso de Cluny en Castilla. Reino, Iglesia y monasterios (1380-1508). Monografías de la Sociedad Española de Estudios Medievales 26. Murcia: Sociedad Española de Estudios Medievales, 2026. 

    Teja, Ramón. «Los orígenes del monacato y su consideración social».

    Varela Orol, Concepción. «Martín Sarmiento y las bibliotecas de la Congregación Benedictina de Valladolid». Hispania 71, n.º 237 (2011): 121–152.

    1. Pablo C. Díaz Martínez, «Monacato y sociedad en la Hispania visigoda», 47–62. ↩︎
    2. Díaz Martínez, «Monacato y sociedad», 48. ↩︎
    3. Ramón Teja, «Los orígenes del monacato y su consideración social», 11–32. ↩︎
    4. Díaz Martínez, «Monacato y sociedad», 48–49. ↩︎
    5. Antonio Linage Conde, «San Benito y las fuentes literarias de la obra monástica de Fructuoso de Braga», en Actas del I Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, ed. Vicente Beltrán (Barcelona: PPU, 1988), 391–402. ↩︎
    6. Artemio Manuel Martínez Tejera, «La organización de los monasterios hispanos en la Alta Edad Media (ss. IX-X): los espacios de la “aldea espiritual”», 199–221. ↩︎
    7. José Ángel García de Cortázar, «Las formas de institucionalización monástica en la España medieval», 63–84. ↩︎
    8. Francisco J. García Turza, «El monasterio de San Prudencio de Monte Laturce (siglos X-XII)», Espacio, Tiempo y Forma. Serie III, Historia Medieval 2 (1989): 137–160. ↩︎
    9. Carlos Manuel Reglero de la Fuente, El ocaso de Cluny en Castilla. Reino, Iglesia y monasterios (1380-1508), Monografías de la Sociedad Española de Estudios Medievales 26 (Murcia: Sociedad Española de Estudios Medievales, 2026). La obra estudia específicamente las relaciones de los monasterios cluniacenses con la monarquía, la nobleza, los concejos y la Iglesia, además de la evolución interna de las comunidades.  ↩︎
    10. Reglero de la Fuente, El ocaso de Cluny en Castilla, 16–21. ↩︎
    11. Reglero de la Fuente, El ocaso de Cluny en Castilla, 287–304. ↩︎
    12. Reglero de la Fuente, El ocaso de Cluny en Castilla, 13–16. ↩︎
    13. Reglero de la Fuente, El ocaso de Cluny en Castilla, 15–16. ↩︎
    14. Concepción Varela Orol, «Martín Sarmiento y las bibliotecas de la Congregación Benedictina de Valladolid», Hispania 71, n.º 237 (2011): 121–152. ↩︎
    15. https://www.abadiadesamos.com/index.html ↩︎
    16. Para el contexto general de los procesos enajenadores anteriores a las grandes medidas liberales, véase Antonio Miguel Linares Luján, «Monarquía absoluta y desamortización municipal: los traspasos a censo perpetuo de Fernando VII», Hispania 80, n.º 264 (2020): 109–137. Este estudio se refiere específicamente al patrimonio municipal, no a la desamortización monástica. ↩︎
    17. Reglero de la Fuente, El ocaso de Cluny en Castilla, 22–24. ↩︎


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