El monasterio de San Vicente de Oviedo — volver a las fuentes

Hay veces en las que uno se aleja de ciertos espacios de la web, y este (la “librería monástica” de Edda Oscura) llevaba un tiempo en silencio. Volver a él con un libro como El monasterio de San Vicente de Oviedo, de Francisco Javier Fernández Conde1, no es casual. Es, en cierto modo, volver al origen: a las fuentes.

Fernández Conde, Francisco Javier. El monasterio de San Vicente de Oviedo. Oviedo: Trea, 2023. Cubierta del libro. Imagen tomada de Ediciones Trea: https://trea.es/producto/el-monasterio-de-san-vicente/

Porque las fuentes escritas son fundamentales. Lo son para el historiador, pero también para el historiador del arte, para cualquiera que quiera acercarse con rigor al pasado. En ellas encontramos una primera realidad, un primer espejo desde el que se construye el relato histórico. Pero conviene no olvidar algo esencial: ese espejo no es neutro. Nunca lo ha sido.

Desde el siglo XIX, en diálogo con la arqueología, las fuentes han servido para construir relatos que, en muchas ocasiones, han estado condicionados por marcos ideológicos. Y eso no es algo exclusivamente del pasado. También hoy seguimos reinterpretando la historia desde nuevas perspectivas, desde nuevos métodos. No es este el lugar para entrar en ese debate, pero sí para recordar que toda fuente exige una lectura crítica. Y es precisamente ahí donde el trabajo de Fernández Conde adquiere todo su sentido.

La figura de Francisco Javier Fernández Conde se ha convertido en un referente imprescindible para el estudio de la Edad Media en el ámbito asturiano. Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma y doctor en Historia por la Universidad de Oviedo, donde desarrolló su labor docente como catedrático, su formación en paleografía y diplomática marca profundamente su manera de trabajar las fuentes. A partir de la década de 1980 amplió su enfoque incorporando perspectivas arqueológicas y etnográficas, lo que le permitió avanzar hacia una comprensión más amplia del territorio, la religiosidad y la sociedad medieval.

En mi caso, además, la lectura de sus obras se cruza directamente con la investigación que estoy desarrollando. Un trabajo que, si todo va bien, me gustaría llevar en el futuro hacia una tesis doctoral centrada en el monacato benedictino y en cómo monasterios, prioratos y granjas no solo habitan el territorio, sino que lo construyen, lo ordenan y le dan forma.

Algunos de sus libros (y esto también forma parte de la experiencia) están descatalogados y se convierten en pequeñas piezas de colección. Acaban buscándose donde se puede, incluso en lugares como Wallapop. Pero en este caso hablamos de una obra reciente: El monasterio de San Vicente de Oviedo.

Y aquí el espacio importa.

Claustro del antiguo monasterio de San Vicente, hoy Museo Arqueológico de Asturias (Oviedo). Fotografía titulada Cloister of San Vicente, Oviedo 08, Wikimedia Commons, https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Cloister_of_the_Monastery_of_San_Vicente,_Oviedo#/media/File:Cloister_of_San_Vicente,_Oviedo_08.JPG

El monasterio de San Vicente no es solo un objeto de estudio. Es un lugar vivo dentro de Oviedo. La iglesia sigue en funcionamiento y el antiguo claustro del cenobio es hoy el Museo Arqueológico de Asturias. Frente a él, la figura de Feijóo recuerda la proyección intelectual del monacato benedictino en época moderna y, justo enfrente, la actual Facultad de Psicología introduce una dimensión contemporánea que convive con siglos de historia. Todo ello forma parte de un mismo paisaje histórico.

Estatua de Benito Jerónimo Feijóo frente al antiguo monasterio de San Vicente (Oviedo). Fotografía, Wikimedia Commons, https://es.wikipedia.org/wiki/Estatua_de_Fray_Benito_Feijoo#/media/Archivo:Oviedo_-_Monumento_a_Fray_Benito_Jer%C3%B3nimo_Feijoo.jpg

Entrando ya en la obra, el libro nos sitúa en esa primera fundación monacal en el Oviedo del siglo VIII y nos guía a través de su evolución durante la Alta Edad Media. A través de la documentación, vemos cómo el monasterio adquiere territorios, cómo extiende su influencia y cómo se convierte en un centro de poder tanto económico como espiritual.

Uno de los aspectos más sugerentes es precisamente este: el monasterio como agente activo en la construcción del territorio. No se trata solo de recibir donaciones, sino de organizar, gestionar y estructurar el espacio. El cenobio articula una red de propiedades, dependencias y relaciones que permiten comprender cómo se configura el mundo rural medieval. En este sentido, la conexión con espacios como el priorato de San Juan Evangelista de Fano (sobre el que estoy trabajando actualmente) no es anecdótica, sino que se integra en una lógica más amplia de organización del territorio asturiano.

Al mismo tiempo, el libro sugiere cuestiones de gran interés en relación con la evolución institucional del cenobio. A diferencia de otros monasterios asturianos, como el Monasterio de San Salvador de Cornellana2, claramente vinculados a procesos de reforma de inspiración cluniacense, el caso de San Vicente presenta un desarrollo menos evidente en este sentido. Más que afirmar una ausencia tajante de reforma, lo que se desprende es la necesidad de matizar su encuadre dentro de estos movimientos, lo que abre interrogantes relevantes sobre su evolución dentro del monacato medieval.

Otro aspecto fundamental es el destino de su documentación tras los procesos desamortizadores del siglo XIX. Como sucede con muchas instituciones monásticas, la dispersión de sus fondos obliga a reconstruir su memoria a través de distintos archivos. Parte de esta documentación puede rastrearse en el entorno del Monasterio de San Pelayo, mientras que otra se vincula a circuitos más amplios relacionados con la Congregación de Valladolid y, posteriormente, con archivos monásticos como el del Monasterio de Santo Domingo de Silos. Este recorrido documental forma parte también de la historia del propio monasterio.

Y, sin embargo, más allá de los datos, de las fuentes y de la reconstrucción histórica, hay algo que este tipo de libros provoca y que es más difícil de explicar.

Recuerdo una noche en el Monasterio de Santo Domingo de Silos, en maitines. En el silencio previo a la oración, me quedé absorto, mirando los muros, el coro frente a mí, dejando que el tiempo se detuviera. Y, casi sin darme cuenta, ese espacio me llevó a otros lugares. A otros monasterios y abadías de España que hoy ya no tienen vida, como Monasterio de San Pedro de Arlanza o Monasterio de Santa María de Moreruela.

Me los imaginaba siglos atrás: el sonido de los pasos en el claustro, el canto de los monjes, la regularidad de la oración, la vida ordenada en torno a una regla y a un tiempo que no era el nuestro. Y, sin embargo, hoy en muchos de esos lugares ya no queda más que la piedra, la vegetación y el silencio. Un silencio distinto. Un silencio donde lo único que resuena, a veces, es el olvido.

Quizá por eso estos libros son importantes.

Porque nos enseñan a mirar de otra manera. A entender que el territorio que pisamos (los caminos, los nombres, los muros) es el resultado de una historia profunda, muchas veces invisible, pero todavía presente.

Porque al final, cuando uno recorre lugares como San Vicente, cuando lee sus documentos o estudia sus dependencias, entiende algo esencial: la Edad Media no está detrás de nosotros, sino bajo nuestros pies.

En los caminos, en los nombres, en los muros, en los silencios.

Y entonces cobra sentido aquella idea de Miguel de Unamuno:

“Hasta una ruina puede ser una esperanza.”

Y libros como este no solo nos ayudan a conocer ese pasado, sino a reconocerlo.

  1. https://portalinvestigacion.uniovi.es/investigadores/2353818/detalle ↩︎
  2. https://monasteriodecornellana.es/historia/ ↩︎

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